Columnas

ABCdario / FRUSTRADO ENCUENTRO

***A mi “pequeño demonio”, Francisco Daniel, por las grandes satisfacciones de los últimos días.
*Crónica dominguera.

Hace dos semanas, cerca de las “piedras de fuego”, (supongo que carbón vegetal), tras años de no ver divise un “leoncillo”; un cachorro apenas destetado. La primera reacción fue de sorpresa y miedo; una extraña reacción muy común entre los cazadores. Portaba una camisa de manga larga manchada de lomboy que uso cuando salgo al monte; sobre una bolsa de la camisa, granos de sal entera para los calambres, agua, cigarros y como arma, un cuchillo recién afilado. Tenía tiempo que no caminaba por la zona. La última vez vi mucha leña de palo fierro y uña de gato, así que decidí revisar la brecha para ver si podía entrar el carro. Tenía pensado para mi cumpleaños matar un becerro para comer costillas asadas pero no me anime porque el becerro no está “areteado” y no quise correr el riesgo de traerme la carne sin los aretes, que tal me agarran y me acusan de abigeato.

Ese día, en cuanto tome café, salí. Dejé el carro a la entrada de la brecha y a medida que me internaba en la brecha iba desvarando, buscando leña, retirando cardones secos y piedras del intransitado camino. Había caminado quizás una hora, no llevaba puestos los aparatos auditivos por el sudor, cuando vi sobre media falda un animal que parecía perro. Me extrañó porque el rancho está a más de quince kilómetros. Me detuve sobre un mezcal deshojado para observar la escena; husmeaba sobre el suelo y caminaba lentamente en dirección hacía donde yo estaba. Hasta ese momento no había visto nada extraño. La distancia, cuando mucho, cien metros. Cuando de pronto –seguramente me olfateó– se detuvo mirando hacía donde yo estaba. Me recosté lentamente sobre un brazo del mezcal para ver más detenidamente al animal; un “leoncillo”. Sí un “leoncillo”. El animal me detecta y se desliza sobre una pequeña pendiente. Corro y lo veo agazapado sobre el lecho de la pendiente. Rápido busco un palo y después una piedra; el palo para defenderme en caso de que me ataque y la piedra para espantarlo. No encuentro piedras sino un terrón de tierra seca y le aviento despolvoreándose sobre su espinazo. El “leoncillo” sale despavorido y no lo vuelvo a ver. Después del frustrado encuentro, me doy cuenta que venía “venteando” las “juellas” de un “hijuelachingada” (venado) que yo no había visto no obstante que las pise en varias ocasiones desde que me interné en la brecha.

Seguí caminando –ahora sí con los aparatos auditivos puestos– hasta llegar a un viejo “paraje” de venaderos. Para esto, levante un buen inventario de uñas de gato secas, palos fierros, palos colorados y un que otro palo blanco. Decido regresar atento a cualquier movimiento o ruido entre el monte. Pronto llegó al lugar donde había dejado el carro, subo unos leños de uña gato y de choyas secas y ¡fierros! pal rancho. Aún era temprano, poco antes de las doce del día. En cuanto llegó me sirvo un suculento vaso de café con leche recién ordeñada, me siento sobre un pretil y le platico al ranchero lo que me había pasado. Ya que le comento, detalle a detalle de mi frustrado encuentro con el “leoncillo”, me dice; ¡cállate! Víctor, sí vieras como tienen de trillado sobre las “tetas de cabra” y en el “palo verde”, andan dos o tres “liones” grandes allí, me dice. Me platica que hacía tres días, un ranchero vecino que vino a ayudarle a remendar el pretil del pozo, en la travesía de un rancho a otro, a lo sumo diez kilómetros, vio muchas “juellas” frescas de “lión” sobre la vereda que cruzan en dirección a las “tetas de cabra” sobre las cuchillas que pasan por detrás de la casa del rancho, justo donde me he topado con varias manadas de burros mesteños.

Espero a que cuaje la leche para hacer un par de cuajadas que me prometió, le arrimo leña de uña gato al “atizadero” para dejar “cai”, sobre la parrilla, un par de costillas de “ancá” Arámburo, tatemar chiles serranos, cebollas y tomates para preparar salsa de molcajete. La destendida de las tortillas (harina) correrá por su cuenta. El sol y el calor son insoportables. Pesco en la hielera una ballena –TKT Light– sudando de fría y ¡palos!, pocas veces había disfrutado tragos tan sabrosos. Ni bien me aviento el último trago cuando comienzo a sudar a chorros, como si estuviera evaporándome.

Comemos costillas asadas con salsa de molcajete, frijoles y queso asado y abrimos otra ballena. Ese día sacrifique mi tradicional –“coyotito”– (siesta) por el calor y espero a que baje el sol para retacharme a esta ciudad; con un galón de leche fresca y tres cuajadas hechas a conciencia. Había invitado al Axxel Sotelo pero a última hora le sacó al sol y al calor, de manera que mi amigo no está para estos trotes, tal vez para esquiar sobre las nevadas laderas en Aspen o degustar un vino tinto a orillas del río Sena. Él, no está predestinado a la pobreza ni a la mala vida (como me de día mi nana). Poco antes de dejar la brecha y salir a carretera “bota” una preciosa venada. Estaba pardeando, me detengo, me bajo del carro y corro sobre el filo de una loma para ver si la vuelvo a ver “botando” sobre las puntas de los palos adanes secos y gobernadoras, pero nada, solo fue un flashazo. Al día siguiente le habló a Axxel, le platicó la anécdota y me dice, de la que me perdí, pero hay en la otra voy. Y de eso “hay en la otra voy” tengo varios años, no meses, escuchando lo mismo. ¡Ah que Axxel!. ¡Qué tal!.

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com

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