Columnas

ABCdario / EN BLANCO Y NEGRO

Por Víctor Octavio García

  •  ¡Alisten piolas!

torneopesca_bahiamagazine_int2La semana pasada, recibí una extraña llamada de Martín Valtierra García, — el Jefe de prensa de Pancho Pelayo que, como todos los voceros, sólo habla con la Virgen– para invitarme, de parte del alcalde Comondú, a un torneo de pesca organizado en honor de sus amigos periodistas. Cuando me dijo de lo que se trataba, exclamé ¡Qué!, ¿cómo un torneo de pesca, y quién diablos sabe de pesca?, le respondí al botepronto. En lo mismo que le dije, pero no me hizo caso, me contestó. Mira Martín, dile por favor al alcalde que le agradezco la invitación pero no podré ir, tengo serios problemas con mis oídos y padezco mucho de vértigo, peor si me subo a una panga. Dile que cuando organice un torneo de caza me invite, con gusto lo acompañaré.

Hace exactamente un año Víctor Tarango, un viejo amigo que acompaño con frecuencia a pescar –no a tirar piola, sino a comer pescado–, me invito a pasar un fin de semana en isla Espíritu Santo. Tocayo “llévate a toda tu palomilla” (familia) me dijo. No se si vaya le conteste, “ve te la vas a pasar a toda madre. Iré a bucear para sacar unas cabrillas pal ceviche”, me remató. Le comente a mi gente y nos preparamos; Christian y Marisla, Mayra y su novio Juan, Francisco y Rosario. Un yatecito de 42 pies, con dos camarotes, aire acondicionado integral, cocina, asador sobre cubierta, regadera, baño, sala y vivero. La tripulación integrada por la familia de mi tocayo (Tarango), Norma su esposa, su hijo y su hija. Yayo Geraldo, su esposa Marisol y sus dos hijas, el Capitán y el lanchero que llevaba la panga.

Salimos un sábado temprano del varadero de los Abaroa con la rosa fija sobre Espíritu Santo. En cuanto dejamos el canal de navegación el Capitán me confió el timón del yate, miras aquel punto me pregunto apuntando hacia la punta de la isla, sí le respondí, guíate por el y no cambies de rumbo; vamos a navegar a 8 o 9 nudos a tender las cañas a ver si agarramos un azul (marlin). Durante la travesía a cada rato “chillaban” las cañas, y cuando “chillaban” el Capitán me pedía que bajara la velocidad mientas cobraban línea. Varios dorados se prendieron pero solo subieron dos, y un marlin negro poco antes de acercarlo a la embarcación se soltó. Tarango y el Capitán eran los que se encargaban de las cañas y de cobrar línea. Durante la travesía Norma, la esposa de Víctor y Marisol, esposa del Yayo Geraldo, se encargaron de prepararlos; uno en agua chile y el otro en ceviche, así que la “botana” estuvo riquísima.

Ni bien llegamos a la punta de la isla el Capitán me pidió el timón del yate para buscar un fondeadero. Sobre una apacible bahía de aguas color turquesa y calmas con una pequeña playa de arena blanca sobre los pies de un acantilado, soltaron el ancla. Las primeras horas de la tarde aprovechamos para bañarnos y comer ceviche, caracol y dulce de mango de La Purificación. A eso de las seis de la tarde comenzó a entrar marejada. No me sentía bien y presentía que me pegaría el vértigo. Le pedí a Tarango que me llevará a la isla para dormir en la playa y me tiró a loco. Tres o cuatro eces le insistí y se hacia el disimulado, la panga la tenían fondeada a un lado del yate. Me sentí mal y comencé a vomitar, fue entonces cuando arrimaron la panga al yate para que me subiera y dejara en la isla. No se cómo diablos me subí y quiénes iban en la panga. Llegamos a la playa pero había que nadar para alcanzar la orilla y la lancha no podía atracar por la marejada –ya para entonces fuerte– y las piedras.

Nade hasta alcanzar la orilla, pedí una cobija y me acosté. Al día siguiente, ya estabilizado del maldito vértigo, lo primero que vi sobre la playa fue a casi toda la tripulación del yate dormidos en la playa. El agua parecía un espejo, la brisa agradable y las ganas de tomar café me obligaron a mandar señas para el yate para que vinieran por mí. Fue entonces cuando me enteré que a excepción de Tarango, su familia, Christian y Marisla, todos los demás habíamos dormido en la isla porque no soportamos el zangoloteo del yate provocado por la marejada. Pronto vinieron por nosotros para desayunar, tomar café, mientras el Yayo, Tarango y el lanchero salieron a bucear. La mañana trascurrió tranquila, en la noche del día anterior, antes de que me pegará el vértigo, disfrutamos un espectáculo de cientos de mantas que nadaban alrededor del yate atraídas por la luz. Poco después de las once de la mañana llegaron los buceadores con cinco cabrillas de buen tamaño; dos de ellas pasaron de inmediato por la sartén fritas con orégano, sal y pimienta, mientras las tres restantes las prepararían zarandeadas a la llegada a La Paz en casa de Víctor Tarango.

De regreso, con buen viento y mejor marea, cruzamos el canal de San Lorenzo para luego retomar el canal de navegación. Desembarcamos poco después de las siete de la casa y ¡fierros! para la casa de Tarango donde prepararían las cabrillas zarandeadas donde, después de darnos unos ricos chapuzones en la piscina le entramos a las cabrillas zarandeadas hasta cerca de la una de la mañana compartiendo con amigos en agradable compañía. Aún así quedé invitado a no salir en yate ni en panga por el maldito vértigo, no obstante que las TKTs y el zarandeado mitigaron la amarga experiencia de una noche de vértigos. ¡Alisten piolas!.

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com

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