Columnas

ABCdario / ¿Y en lonche?

Por Víctor Octavio García

  • Pinchis coyotes

En junio de 1978, –recuerdo muy bien el mes y el año por lo que nos pasó–; Miguel, el Chuy Castro (+) y yo, como todos los años armamos una salida pal pacifico a fisgonear langostas. En ese tiempo recién había cumplido veinte años, Miguel rondaba los 43 y el Chuy, los 65. El Chuy, alto, güero y corpulento, había trabajado muchos años en las salinas de la Isla de San José como mecánico y encargado de la maquinaria pesada y en La Purificación, acarreando queso, carne seca, vino artesanal, uvas, naranjas etc. a lomo de bestia a San Evaristo y de ahí, a canalete a La Paz, donde entregaban el producto en la “casa Ruffo”. Yo tenía tres años de haberme integrado al equipo acompañándolos en las “liebradas”; cortar leña y fisgonear langostas: En ese entonces no había restricciones ni garitas; no existían los ejidos Uno, Conquista Agraria ni el ejido Dos, salvo el rancho del Chivato de Isidro Jordán, que tendría escasos 10 años; Cedros de don Fernando Cerecer; la Aguja y la Ballena, que también eran de Isidro Jordán y los “parajes” del “Pilarillo” Almaraz, lo mismo en Cedros, la Aguja y la Ballena, dependiendo de la pesca y de los “wester”.

El Chuy, era algo así como comandante en jefe; llevaba un riguroso seguimiento de las lunas llenas, mareas altas y bajas, los días y horas en que se presentaban; conocía muy bien la zona porque en sus años mozos, mucho tiempo tiró “piola” allí; sabía dónde se formaban las pozas, cuando eran las mareas bajas y las cuevas dónde se metían las langostas. En ese tiempo, el único pescador que existía en toda la zona era el “Pilarillo” Almaraz y en ocasiones, Santiago Martínez (+), encargado del rancho de Cedros, quien también tiraba piola, fuera de ahí no había nada, salvo en el Conejo, donde “parajeaban” algunos pescadores con su familias que se dedicaban a sacar ostiones, al igual que en el Dátilar. Entre el rancho de la “Vieja”, del Nene Landa y el Dátilar, se formaban varias pozas en las mareas bajas, dos de ellas muy conocidas; la del “Caracol” que quedaba en la zona del Dátilar y “Flor de Malva” y la de la Vieja, un poco más abajo; “son muy buenas”, decía el Chuy, dado que en varias ocasiones en una sola marea llenábamos seis costales de langostas, algunos pargos cenizos de 5 y 7 kilos cada uno, y en ocasiones una que otra caguama desbalagada, de las “prietas”.

En los meses de junio, julio y agosto, las mareas bajas son en la madrugada; la una, las tres y las cinco de la mañana; baja la marea y en las pozas quedan varadas o encerradas las langostas en incluso, pescados que suelen ser presa fácil; se adaptan fajillas delgada de dos metros y medio de largo con tres puntas hechas de alambrón a las que se les saca “punta” y se amarran en la punta de la fajilla; se cepillan y lijan hasta dejarla como palo de escoba y con eso se “fisgan” las langostas; un foco de mano colgado sobre el pescuezo con un mecate y un costal de yute para echar las langostas; no hay más técnica que esa ni mayor “chinga” que las desveladas y que te sorprenda una ola y te aviente a una poza, fuera de eso los riegos y sacrificios son menores.

Sin hacer mucha “guasanga”, fijamos la salida y nos pusimos de acuerdo en lo que llevaríamos de lonche; burritos de carne y de fríjol con queso, refrescos, agua y dos termos de café: siempre “taqueamos” después de la última marea baja; atizamos para calentar los que llevamos y esperamos que “aclaré” para “liebrar” de regreso con un rifle 22. En esa ocasión salimos de La Paz a las diez de la noche para aprovechar la primera marea baja que sería a la una de la madrugada. En ese entonces las brechas estaban en buenas condiciones, poco tráfico y escasas lluvias. Cerca de la una de la mañana llegamos al Dátilar, apenas nos dio tiempo para bajar las “fisgas”, focos de mano, costales del carro y ¡fierros! pa’ la poza del “Caracol”; sobre el asiento del pick up, un Dodge doble tracción, tragón de gasolina pero muy fuerte, los burritos envueltos en servilletas de trapo y los termos de café, al bajarnos, y sin darnos cuenta, quedó la tapa de la caja y una puerta de la cabina abiertas, y en la guantera, como si se tratara de diamantes en bruto, una bolsa de dátiles enmielados que le había traído al Chuy de San Evaristo, su compadre don Manuel Moreno (+), que los llevaba de postre o para un “dolor de muelas”.

Cuando entramos al agua, bastante fría y encabrillada porque hacía viento, me dio mala espina; antes de llegar a la poza “buena”, revisamos varias pozas más en los alrededores que son más pequeñas y menos hondas, “aluzamos” con los focos de mano y vimos pocas langostas. Octavio –así me decía el Chuy–’orita van a salir estas “jijasdelachingada, me gritó desde la otra orilla de la poza; agarró la fisga y comenzó a picar entre los recovecos y cuevas de la poza. No tardó mucho en que comenzaran a salir de los huecos de la cueva, cientos de langostas que corrían dentro de la poza de un lado para otro; sobre las orillas de la poza, con el agua hasta las rodillas, esquivando una que otra ola, comenzamos fisgar langostas. Yo, novel en esos trotes, veía como el Chuy y Miguel echaban langostas tras langostas en el costal mientras yo apenas juntaba una que otra; cuántas llevas Octavio me gritó el Chuy de una de las orillas de la poza, como cinco le contesté, hay la llevas, te faltan pocas para acompletarle la “entrega” al Bicho Robinson: Apúrate me gritó Miguel, ’orita vamos a ir a revisar la poza “buena” y allí acompletaremos; ellos ya habían llenado un costal y yo ni siquiera la mitad de uno.

¡Ah! cuando llegamos a la poza “buena”, era un hervidero de langostas; con la mano y sin necesidad de usar la fisga, comenzamos a juntar; en unos minutos Miguel y el Chuy llenaron el otro costal que les quedaba, mientras el mío lucía medio vacío; Miguel y el Chuy “paletearon” los costales hasta a la orilla y se regresaron a ayudarme hasta llenar el costal que traía; la marea comenzaba a subir y la “reventazón” de las olas nos habían bañado. Yo no se qué paso que en un descuido azotó una ola sobre mis espaldas arrastrándome hasta la poza; batallé para salir “titiritando” de frío, pero salí; mojado y con un frío de la “chingada” acercamos los costales a la orilla de la playa; tomamos “aigre” y ora sí, de un jalón llevarlos hasta el carro; el carro lo habíamos dejado en la parte alta de un peñasco que forman el pequeño acantilado como de tres metros de piedra y tepetate donde rompen las olas; como no había manera de meter el carro hasta la orilla de la playa, no nos quedaba de otra más que “paletear” los costales subiendo el escarpado y pronunciado acantilado.

Cuando subimos el acantilado ¡oh sorpresa!; una manada de coyotes dentro y alrededor del carro; nos sintieron y comenzaron a acercase donde nos quedamos parados viendo la escena; con la fisga comenzamos a espantarlos para arrimar los costales y subirlos a la caja del pick up, pero los animales ni se inmutaban; los espantábamos a gritos como si fueran gallinas, “juera”, “fuchi”, “arre”; mientras el rifle, un Rémington 22 de diez tiros, sobre el respaldo del asiento; gruñían y pelaban los dientes sin alejarse de nosotros; con las fisga los amenazábamos y se ponían en posición de ataque, eran como quince animales; subimos los costales a la caja del pick up y nosotros a la cabina; saqué el 22 y le corte cartucho para tirarles cuando me dijo el Chuy, Octavio, espérate tantito, hay que “camelar” al “caponero” y a ese le tiras, de lo contrario vas hacer una matazón. Con la luz del carro y los focos de mano no dejábamos de “aluzarlos”. No tardamos mucho en detectar al “caponero”; ves aquél con la cola parada me dijo el Chuy apuntándome con la mano, sí le respondí, a ese tírale, me quedaba incómodo hacer el disparo y le pase el 22 al Chuy, que era un excelente tirador; mamposteó el rifle sobre el espejo lateral del carro y espero que el animal quedara en posición para jalarle al gatillo. Le gúa pegar en el “sobaquito” susurró el Chuy, al tiempo que se escuchó el “chingazo”; seco y sin eco; el coyote se fue de lado –como el clásico de Pedro Infante– corriendo por un “limpio” hasta que cayó; el resto de los coyotes metieron la cola entre las patas, se acercaron al coyote muerto, lo “ventearon” y con la misma se metieron al monte; las servilletas de trapo donde llevábamos los burritos echas tiras, y los termos del café a diez y quince metros del carro; nos bajamos, recogimos los termos y a tomar café mientras “aclaraba” para “liebrar” de regreso; sentados esperando que amaneciera casi vaciamos los termos de café y de botana ni “maís”, los coyotes se habían pegado tremendo “atrancón” con los burritos; no se “aguiten” quedan los dátiles, dijo el Chuy al tiempo que abría la guantera y sacaba los “enmielados”, total, de pasada llegaremos a Cedros a tomar café y a ver si nos invitan un taco de pescado o de frijol.

Ya de regreso, cortando el sereno con la rodada del carro, solo se escuchaban los “chingazos” bofos del veintidós tumbando liebres y conejos, que de inmediato pelábamos, le dábamos una enjuagada y a la hielera; en el trayecto del Dátilar a Cedros, subimos varias liebres y conejos, pero con tan mala suerte que al llegar a Cedros con la renovada esperanza de echarnos un taco y tomar café caliente, no había nadie, estaba solo el rancho; Santiago había salido para La Paz, así que no hubo más remedio que darle “fondo” a la bolsa de dátiles enmielados; agarramos la brecha del 35, no había otra, en medio de un estridente concierto de “gruñidos” de tripas; al llegar, después de la “sagrada repartición” de liebres y conejos, el Chuy, como de costumbre, me dio varias langostas pa’ que “acompletes”, me dijo, al igual que Miguel y ahora sí, a cocer las langostas; ya en mi casa aliste una tina y la puse en las hornillas y a cebarle leña para cocerlas; para esto, había visto a Miguel y al Chuy cómo las cocían, el tiempo que le daban etc., de manera que el Tavo (+), mi papá, comió langosta durante varios días, al mojo de ajo, en coctel, al termidor, en cebiche, en tanto las liebres las preparó mi abuela en machaca, fritas pasadas por el sartén y en empanadas, y los conejos fritos y estofados como las prefiere el “señor”. ¿Qué tal?.

Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com

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