Bobby García

La Suerte está echada

Por Bobby García

&.- San Ignacio
&.- Salón Petróleos, la plaza

A las once de la noche pasamos por el restaurante de Nano Fon y el espejo brillante de la presa me encandiló. Transitamos todo el palmar y en una curva miré el local de El Padrino, negocio de mi compadre Abel Aguilar. Llegamos a los dos topes y entramos al pueblo. Miré la antigua negociación de don Manuel Meza, ahora llena de herrumbre y soledad. Chacho Meza, su hijo, con terquedad y amor no quiso perder el oficio viejo de la familia, del negocio y el comercio, y en el local frente a la plaza lo continuó por muchos años. Un día puso una silla un lado del mostrador y se sentó a esperar los pocos clientes que llegaban. Luego la sacó un lado de la puerta, viendo para la plaza, hasta que llegó el dios Cronos y le mostró su nombre anotado en la lista de los olvidos.

Chacho, ya llegó la hora, mete la silla y ve y regresa de tu casa. Siéntate en la banqueta y en las bancas de la plaza, regresa tu tiempo a los tiempos de los bailes de la trastienda del salón de petróleos, en el negocio de don Vidal y la algarabía de Hercilia su hija. Tómate una cerveza con Luis Castro, platica en la memoria con Mayito Villavicencio y recuerda la bella presencia de Elba su esposa, y su hermana Licha Floriani. Recréate en los pleitos de Montoyita y mira para la banca donde se sentaba Jorge Fischer; camina por esa banqueta y descansa en la de Arnoldo y Judith, comerciantes como tú. Mira con atención para la plaza y de repente mirarás la figura inconfundible de la Güera Zúñiga, enfundada en su vestido negro, vaporoso y largo acariciado por el viento vespertino. Pon un poco de atención para que escuches música que sale de Petróleos y mirarás a Ramón El Trompeta, a Jacobo y al profe Luis con su saxofón. También escucharás Granada y Ojos Tapatíos cantadas con maestría por Quelo, tu hermano.
Por las tardes escucharás el susurro de los frailes Franciscanos.

El picap pasó por la plaza y miré a la derecha la portentosa iglesia construida por los Franciscanos. Pasamos las casas de los Zúñiga y llegamos a lo que antiguamente era la huerta de don Chente y que hoy se llama Callejón Gilberto Valdivia Peña. Continuamos y llegamos al hotel la Huerta. Regresé en el tiempo para ver la huerta en su esplendor llena de acequias y emparrados. Me miré en los bailes de Petróleos, época en que el gobierno realizó perforaciones por las mesetas de los cerros del Telésforo y Las Mulas en las inmediaciones del restaurante de Fischer que es el referente para tomar la brecha de la izquierda –en aquellos tiempos- y llegar a La Bocana y Punta Abreojos en la Pacífico Norte.

En ese entorno de Petróleos la memoria colectiva apuntó el tránsito del profe Luis Manríquez, que era músico y tocaba en los bailes, y al terminar acompañaba a su novia, con saxofón en mano, que vivía por el rumbo de El Rincón, barrio que estaba antes del internado de la escuela Vicente Guerrero, escuela en la que un puñado de maestros jóvenes trabajaban. En una de tantas acequias recostaba su saxo para tener libres las manos y buscar el punto “astral” de su amada.

Llegaba al internado y le preguntábamos por su saxo.

Lo dejé en una acequia, mañana voy por él, -nos contestaba.

Otro día –domingo- pasaba por El Rincón y bajaba rumbo a la huerta con tan mala suerte que ese día tocaba riego y el saxo nadaba en la acequia.

Parsimoniosamente se sentaba en su cama y lo empezaba a desarmar. En la ventana colocaba la boquilla, la caña, la llave y las corchetas para que se orearan con el sol.

También sirvió la vereda y acequias de la huerta para que el profesor Salomón Ojeda, después de dejar a su novia Tony en su casa, casa famosa porque Rosa Amelia, su mamá, nos vendía cerveza, caminara entre las acequias y emparrados tejiendo mil escenarios que terminaban en la iglesia. Por fin sus sueños se hicieron realidad y se casó en esa iglesia con Tony.

Los maestros comíamos con doña Andrea, que tenía su casa un ladito de la de Rosa Amelia. Bartolo, su hijo, nos llevaba los platos con comida. Los viernes después de la cena nos íbamos con Rosa Amelia a “pachanguiar.” Ya entrados nos encaminábamos a la cantina de Luis Castro, un lado del salón de Petróleos.

Llegamos al hotel y me asignaron el cuarto un lado de la administración. Un hotel muy bonito, con cuartos lujosos con servicio de primera.

Otro día después de desayunar con el Toto Floriani, frente la plaza, regresé al hotel a esperar a Güero Verdugo. A las doce iniciamos el trayecto por un camino pavimentado que llega cerca de la laguna de San Ignacio. Llegamos al rancho San Joaquín, rancho muy antiguo que en los años del sesenta era visitado por el profesor Gilberto Valdivia, director de la escuela y por una camada de jóvenes maestros: José Miranda, Juan Espinoza, Luis Manríquez, Arturo Apodaca, Epifanio Fiol, Salomón Ojeda, Bobby García. Las maestras, muy jóvenes también, no participaban en esas bacanales: Juana Carmona, Chata Ruiz, Rufina Melgar, Consuelo Peralta.

Llegamos al rancho, saludamos a los residentes: hay tres casas bien construidas que nada tienen que ver con los orígenes de casas de palma y adobe de principios del siglo XX. Miré parte del viejo esplendor: árboles enormes, palmeras, una pila y acequias de piedra construidas por los Franciscanos, enormes árboles de higo y brevas, emparrados. Nos invitaron a tomar café. Salí y caminé por sus alrededores. Entre piedras y ramaje observé tramos que parecen veredas antiguas. Le pregunté al joven que nos acompañaba:

¿Lo que estamos viendo son veredas de vacas, o qué son?

Antes de que las ramas y arbustos las cubrieran se miraban mejor. Nos dicen los abuelos que era la ruta que seguían los frailes Dominicos que venían desde la misión de Guadalupe y que le llamaron camino misionero, acompañados por indios Cochimíes y algunas monjitas, arreando ganado que llevaban a San Ignacio.

¿Y no han escuchado o visto algo raro en tanto tiempo? –le dije.

Nosotros no, pero me platicaba mi padre, que murió hace años, que antes se escuchaba por el cerro como que arreaban ganado, y algunos gritos, pero que nunca vieron ni vacas ni caporales.

Los abuelos transmitieron a nuestros padres, que algunas noches miraban un caporal muy bien vestido y que en las noches de luna lo miraban montado en un caballo muy negro y bonito. Que portaba una como túnica muy larga en negro y blanca, cubierta la cabeza con un sombrero en piel café, muy grande que le llegaba hasta los hombros. Que sus espuelas de plata brillaban en la noche así como un Rosario que le llegaba hasta la cintura. Que más o menos en 1950 no lo volvieron a ver ni escuchar ruidos de ganado.
Alea Jacta Est… 6-10-16… Miembro de ESAC.

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